“Tenía la mirada fija en un punto, y entonces las vio. Eran docenas y revoloteaban y se precipitaban en línea recta justo debajo de las espesas nubes: aves marinas, aves que llegaban desde el océano a aquella hora de la mañana. La calle estaba oscura por la bruma que aún descendía despacio, y hubo de avanzar con tino para no pisar los caracoles que se arrastraban pesadamente por la acera mojada. Un coche con los faros encendidos aminoró la marcha al pasar a su altura. Pasó otro coche. Y luego otro. Miró en torno: obreros de los aserraderos, se dijo entre dientes. Era lunes. Torció una esquina, pasó por delante de Blake’s: persianas echadas, botellas vacías de pie junto a la puerta, cual centinelas. Hacía frío”. En algún momento, tarde o temprano, teníamos que hablar de Carver. Los cuentos de Carver, esos abismos breves a los que asomarse duele y da miedo, tal vez porque no es difícil reconocernos en ese vacío. Sus historias aparentemente banales, insertas en una cotidianeidad lánguida ...
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