MYSTIC RIVER - Dennis Lehane


Hay libros que terminas, cierras y colocas tranquilamente en la estantería. Has pasado un buen rato si, quizá incluso los recomiendas, pero a los pocos días ya estás pensando en otra cosa. Mystic River  no se marcha tan fácilmente. Dennis Lehane te mete en un barrio de Boston, te presenta a tres chavales, te deja acompañarlos durante unas páginas y después les revienta la vida. Así, sin pedir permiso. A partir de ahí empieza una historia sobre un asesinato, sí, pero también sobre traumas, culpa, amistad, familia, violencia y todas esas heridas que creemos enterradas hasta que un día vuelven para recordarnos que siguen ahí. Porque Mystic River es una novela negra, pero no se puede reducir simplemente a eso. 

Aquí hay un crimen, una investigación, policías, secretos y gente tomando decisiones de mierda. Todo lo que esperamos encontrar cuando abrimos una buena novela negra está presente, pero lo verdaderamente jodido de esta historia son sus personajes. Jimmy Marcus, Sean Devine y Dave Boyle fueron amigos durante la infancia, tres críos del mismo barrio cuyas vidas quedan marcadas para siempre después de un acontecimiento brutal. Los años pasan, cada uno tira por su lado y aparentemente aquello quedó atrás. Pero es mentira. El pasado nunca se marcha del todo. Puedes cambiar de casa, formar una familia, encontrar trabajo, tener hijos y convencerte de que eres otra persona, pero algunas cosas se quedan agarradas a ti como una garrapata. Lehane juega precisamente con eso: con todo aquello que cargamos durante años aunque nadie pueda verlo.

Una de las cosas que más me ha gustado de la novela es cómo Lehane consigue meternos en la piel de sus personajes. Y cuando digo meternos, no me refiero simplemente a conocerlos bien. Nos mete hasta el fondo. Sabemos qué sienten, qué temen, qué desean y qué demonios les pasa por la cabeza cuando toman determinadas decisiones. Entramos en sus matrimonios, en sus recuerdos, en sus inseguridades y en todas esas zonas oscuras que normalmente intentamos esconder de los demás. Y consigue que padezcamos casi tanto como ellos. Hay momentos en los que sabes que algo se está torciendo y quieres agarrar al personaje por los hombros y decirle: «No hagas eso, joder». Pero lo hace. Claro que lo hace. Porque Mystic River no trata sobre personas tomando siempre la decisión correcta, sino sobre personas heridas intentando sobrevivir con las herramientas que tienen. Y algunas tienen esas herramientas hecha una puta mierda.

Para mí, Dave Boyle es uno de los grandes personajes de la novela y probablemente también uno de los más dolorosos. Lo que le ocurrió cuando era niño continúa viviendo dentro de él muchos años después. Lehane podría haber utilizado ese trauma simplemente para justificar determinados comportamientos o mover la trama, pero hace algo mucho más interesante: construye a un adulto que intenta llevar una vida normal mientras una parte de él continúa atrapada en aquel niño que nunca consiguió regresar completamente a casa. Dave incomoda, despierta compasión, sospechas, tristeza y desconcierto, y precisamente por eso funciona tan bien. Nunca parece un personaje creado únicamente para cumplir una función determinada dentro de la historia. Es una persona. Una persona destrozada, contradictoria y difícil de entender incluso para aquellos que viven a su lado.

Jimmy Marcus tampoco se queda corto. Es uno de esos personajes que me encantan porque resulta imposible meterlo cómodamente en una caja donde ponga bueno o malo. Lo entiendes, después lo cuestionas, vuelves a entenderlo y unas páginas más tarde piensas que quizá está a punto de mandarlo absolutamente todo a la mierda. Su dolor es comprensible, aunque sus decisiones pueden no serlo tanto, y ahí Lehane vuelve a demostrar lo bueno que es construyendo personajes. No te dice lo que tienes que pensar de ellos. Te los pone delante con toda su mierda, sus contradicciones, sus virtudes y sus zonas más oscuras, y deja que seas tú quien decida hasta dónde estás dispuesto a comprenderlos.

Sean Devine completa ese triángulo marcado por la infancia. Convertido ahora en policía, también carga con sus propios fantasmas y con una vida personal que tampoco está precisamente para tirar cohetes. Su investigación termina acercándolo nuevamente a Jimmy y Dave, haciendo que aquellos tres niños vuelvan a encontrarse muchos años después en unas circunstancias bastante jodidas. Y ahí es donde Lehane empieza a jugar de verdad con ellos y con nosotros, porque sabemos que existe algo entre esos tres hombres que va mucho más allá del crimen que tienen delante. Hay una historia compartida, heridas antiguas y cosas que quizá nunca llegaron a decirse.

Y mientras todo esto ocurre, está el barrio. Porque el barrio en Mystic River es casi otro personaje. Las calles, los bares, las casas, las familias que llevan toda la vida conociéndose, los rumores y los códigos no escritos pesan sobre toda la historia. Aquí la gente sabe quién eres y, todavía peor, recuerda quién eras. Existe constantemente esa sensación de que escapar del barrio es prácticamente imposible. Puedes marcharte físicamente, pero una parte de ti continúa perteneciendo a esas calles. Eso le da a la novela una atmósfera brutal, sucia, triste y asfixiante por momentos. Lehane consigue que sientas que esas calles llevan décadas acumulando secretos debajo del asfalto y que, tarde o temprano, alguno terminará saliendo a la superficie.

Entonces aparece el crimen que vuelve a cruzar las vidas de Jimmy, Sean y Dave, y podría parecer que a partir de ahí Mystic River se convierte simplemente en una novela de investigación. Ni de coña. El misterio funciona y quieres saber qué ocurrió, pero llega un momento en el que casi importa más saber qué van a hacer los personajes creyendo saber lo que ocurrió. Y esa diferencia es fundamental. Aquí entran la rabia, el dolor, los prejuicios, las sospechas y esa peligrosa necesidad humana de encontrar respuestas cuando quizá todavía no estamos preparados para tenerlas. El asesinato pone en marcha la maquinaria, pero son los personajes quienes hacen que todo empiece a ponerse realmente feo.

Lehane empieza entonces a apretar, pero lo hace despacio, sin necesidad de sacar un cadáver cada veinte páginas ni inventarse un giro imposible cada dos capítulos. No le hace falta porque tiene algo mucho mejor: personajes a punto de romperse. Y tú estás ahí mirando cómo determinadas decisiones empiezan a cocinarse, entendiendo perfectamente de dónde vienen y sospechando que aquello puede acabar como el puto rosario de la aurora. Eso genera una tensión tremenda porque no nace únicamente de descubrir quién es el culpable. Nace de saber qué ocurrirá cuando cada personaje actúe según aquello que cree que es verdad.

Y entonces la novela empieza a hablar también de las consecuencias. Porque aquí las decisiones son caras. Muy caras. No estamos ante una de esas historias donde aparece el culpable, la policía le pone las esposas y todos podemos irnos tranquilamente a casa. Aquí queda mierda debajo de la alfombra. Quedan heridas, culpa, preguntas y personas que tendrán que seguir viviendo después de todo lo ocurrido. Algunas cosas pueden resolverse, pero eso no significa que puedan repararse, y creo que ahí está una de las ideas más potentes de toda la novela.

Eso es precisamente lo que más me ha gustado de Mystic River. Cuando terminé el libro no sentí simplemente que había leído una gran novela negra. Sentí que había pasado unas cuantas horas metido dentro de la cabeza de personas rotas, y salir de ahí cuesta. Lehane consigue algo que para mí es fundamental en cualquier novela: hacer que los personajes importen. No quieres simplemente descubrir qué pasó, quieres saber qué será de ellos. Incluso cuando alguno te cabrea, incluso cuando toman decisiones que no compartes y aun cuando sabes que están cruzando una línea de la que quizá ya no puedan regresar. Y cuando finalmente llegas al final, Lehane tampoco tiene demasiadas ganas de darte una palmadita en la espalda. Mejor. Las buenas historias negras no deberían hacerlo.

Mystic River es una lectura de las que dejan poso. De esas que terminas y continúas pensando en sus personajes varios días después. En Dave, en Jimmy, en Sean, en las decisiones que toman y en aquellas que podrían haber tomado. Pero, sobre todo, en cómo una sola herida puede continuar sangrando décadas después aunque desde fuera parezca completamente cerrada. Esa sensación me ha acompañado después de terminar la novela, y pocas cosas puedo pedirle más a un libro que conseguir que siga pensando en él cuando ya no quedan páginas por leer.

Dennis Lehane escribió una novela negra enorme, pero sobre todo escribió una historia profundamente humana sobre personas intentando sobrevivir a aquello que les ocurrió y a aquello que ellas mismas provocaron. Aquí no hay héroes perfectos. Hay personas que aman, sufren, mienten, se equivocan y algunas veces hacen cosas terribles convencidas de que están haciendo lo correcto. Y quizá por eso duele tanto, porque puedes reconocer algo de verdad en toda esa mierda.

Mystic River no es simplemente una novela que recomendaría. Es una de esas novelas que explican perfectamente por qué algunos nos enganchamos al género negro. Porque debajo del crimen, de los cadáveres y de las investigaciones siempre está lo realmente peligroso: las personas. Lehane consigue que entremos en sus cabezas, que entendamos sus heridas y, sobre todo, que padezcamos casi tanto como ellas.

Y cuando un escritor consigue hacerte sentir todo eso, poco importa que hayas llegado a la última página.

La historia sigue ahí.

Dando vueltas.

Dejando poso.

Y joder, qué difícil es sacudírsela de encima.


Jose Núñez


Título: Mystic river

Autor: Dennis Lehane

Editorial: Salamandra

Páginas: 496

Fecha de publicación: marzo 2021

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