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Leí Malandros con esa mezcla de curiosidad y aprensión que te entra cuando alguien te dice “esto va a escocer”. Y, amigo, escuece, pero de esa forma que te limpia de dentro. J. A. Aguilar no tiene pelos en la lengua: pone el foco directamente donde duele, donde aprieta, donde duele de verdad. La novela arranca con un suicidio: un hombre que invirtió en preferentes, se vio arruinado al sentirse estafado (no un número, no una estadística, sino una persona real, con miedo, con deudas, con desesperación).
Ese gesto desesperado no es un giro de guion, es la detonación de una bomba moral. A partir de ahí, la historia se convierte en una persecución implacable de justicia (o de lo que se supone que debería ser justicia), protagonizada por el empresario Berto Crusellas y el detective Nito Serra que deciden ir a por los verdaderos responsables. No sanitarios, no mediadores, no bancos… sino esos tipos de corbata, maletín, sobres bajo la mesa, y siglas de partidos o sindicatos detrás, quienes se aprovecharon sin escrúpulos.
Lo que hace Malandros con la estafa de las preferentes (ese episodio oscuro de nuestra historia reciente) es devolverle el rostro a las víctimas. De pronto, ese término frío que oímos tantas veces en los medios deja de ser una abstracción: son madres, pensionistas, pequeños ahorradores, gente que confiaba en un banco como confía en el pan diario. Y cuando esa confianza se quiebra, cuando lo que parecía seguro se convierte en ruina, algunas voces dejaron de escucharse de por vida. Aguilar no pasa de puntillas sobre ese drama: lo clava. Esa valentía para narrar con crudeza y dignidad es ya, por sí sola, un mérito.
Pero no se queda en el drama íntimo. Aguilar (viejo lobo con experiencia en management, consultoría y empresas) usa esa sensibilidad con las cifras, los balances y la ambición de poder para diseccionar el engranaje. Nos abre la puerta a pasillos con moqueta, despachos con luz tenue, teléfonos silenciados, café para visitantes, y sobres con dinero que cambian de manos en un silencio cómplice. Política, sindicatos, prensa, empresarios: todos metidos en un cóctel letal, enredados en un sistema que apesta a podredumbre.
La narrativa acompaña de lujo: ritmo ágil, diálogos cortantes, descripciones lo suficientemente precisas para que imagines el asfalto bajo los pies del detective o el frío de un despacho blindado de impunidad. Pero también hay matices de introspección, de rabia, de ese malestar que no sabes si es por la injusticia, por la impotencia, o por la tristeza de saber que, a veces, la ley no basta. Hay venganza, sí, pero sobre todo hay exigencia de memoria. Las víctimas no se pueden olvidar, y Aguilar parece decirnos: “ojo, que esto no puede repetirse”.
Para quien guste de la novela negra con sustancia, Malandros golpea donde pocos se atreven: no tanto por violencia física (aunque la hay), sino por la violencia moral de un sistema que engaña, arruina y, en el peor de los casos, conduce al abismo. El hecho de que el detonante sea la estafa real de las preferentes le añade una capa de gravitas: esto no es ficción conspiranoica, es un reflejo (muy oscuro) de lo que muchos vivieron en carne propia.
Y, sin embargo, hay algo esperanzador. Porque los que cambian de bando, los que deciden rebelarse (ya sea por rabia, por culpa, por justicia o por una mezcla de todo), nos recuerdan que la dignidad no se compra con dinero, aunque algunos lo intenten. Esa línea de luz (mejor dicho, esa raya) entre la corrupción y la dignidad, entre el poder y la vulnerabilidad, es donde Aguilar sitúa a sus personajes. No para redimirlos, pero sí para mostrarlos humanos, vulnerables, capaces de gritar cuando el silencio es la moneda de cambio.
En definitiva: Malandros es más que una novela; es una bofetada emocional con esencia negra, un espejo incómodo de nuestra sociedad, y un grito literario de justicia frente al silencio. Leerlo duele y a la vez reconforta, porque confirma lo que ya sospechabas: que muchas veces la ficción simplemente pone palabras y nombres a lo que otros quieren enterrar bajo alfombras.
Si en tu estantería hay sitio para una novela negra que no se ande con medias tintas, que tenga huevos y de paso una mirada incisiva a la corrupción y al coste humano de las estafas financieras, éste es un sí rotundo. Que se note que hay alguien con cojones a señalar con el dedo.
Porque al final, una novela así sirve para recordar que abrir los ojos nunca es suficiente: también hace falta no volver a cerrarlos.
Título: Malandros
Autor: J. A. Aguilar
Editorial: Caligrama
Páginas: 249
Fecha de publicación: febrero 2025
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